Capítulo I
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EL FIN DE UNA ESTRELLA
Mismo a tres días luz de distancia, el espectáculo era casi sobrenatural.
Sanduleak, una estrella con once millones de años, había crecido hasta convertirse en una supergigante azul, brillando con la fuerza de cien mil soles en la Nebulosa de la Tarántula.
Lenguas de fuego surgían en su superficie como serpientes, serpientes luminosas con centenas de miles de kilómetros. Todo era pequeñito, minúsculo, una nada cerca de la estrella. Era la reina absoluta de la nebulosa en la Nube de Magallanes.
Sanduleak era una estrella diferente. Con dieciocho veces la masa de nuestro Sol, y un diámetro que podía abarcar toda la órbita de la Tierra, había consumido rápidamente su combustible nuclear. Estrellas como ella viven poco tiempo, pero en compensación lo hacen intensamente, brillantemente, como un ser mitológico. Su brillo es tamaño que ofuscan cualquier otra cosa en un radio de muchos años luz. Estrellas así son creadoras de la vida, hornos nucleares donde se cocinan los elementos vitales, donde se elabora la propia esencia de la vida. Sanduleak era una madre cósmica, pronta a explotar esparciendo las semillas de su vientre.
En sucesivas camadas, había fabricado elementos químicos cada vez más densos, comenzando por el helio, carbono y oxígeno, hasta llegar a los mas pesados, hierro y níquel.
No hay en el universo ningún otro proceso que consiga crear los elementos químicos, apenas estrellas como Sanduleak tienen el supremo privilegio de hacerlo. Apenas ella y sus incontables hermanas, ya desaparecidas, fueron designadas por la naturaleza para llevar a cabo esta tarea en sus entrañas, solamente ellas tienen las condiciones necesarias para comprimir y quebrar los resistentes átomos de hidrógeno,
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